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La carrera del Conejito

Relato de San Francisco de Asís
y Fray León

Un día San Francisco, en compañía de fray León, se encuentra de camino hacia el anochecer. Fray León dice:

- Padre, no podemos ir adelante. Dentro de poco será de noche y no veremos al andar.

- Tienes razón, hijo mío -responde el santo-. ¿Ves aquel cacerío? Iremos allí y pediremos posada para esta noche en nombre del Altísimo.

En el caserío vive una vieja labradora rezongona. La mujer no conoce a san Francisco, y no se fía de los dos peregrinos. Con un tono de voz desagradable dice:

- No tengo sitio en casa. Si les agrada, pero sólo por esta noche, pueden quedarse en el establo. No hay vacas, yo estoy sola y no podría cuidarlas.

Así que los dos frailes se preparan a pasar la noche en aquel establo pequeño y húmedo. Dan gracias a Dios, luego fray León, bostezando, se acuesta sobre un montoncito de heno, durmiéndose enseguida.

San Francisco se queda despierto y reza a Dios por largo tiempo.

En un rincón del establo, dentro de una jaula angosta y maloliente, hay un conejito completamente blanco. Tiene los ojos rosáceos dulcísimos y melancólicos.

A la mañana siguiente, al salir el sol, los dos frailes salen del establo restregándose los ojos. Es una espléndida jornada de primavera. Delante del caserío se extiende un prado de hierba tierna humedecida por el rocío.

La labradora ya se ha levantado y está sacando agua del pozo. San Francisco dice cortésmente a la mujer:

- Gracias por habernos hospedado esta noche. Pero dime, ¿por qué tienes ese conejito dentro del establo?

La mujer responde malhumorada:

- ¿Y dónde habría de tenerlo según tú, en la cocina?

San Francisco muy cortésmente dice:

- Ese pobre animalito seguramente no ha visto nunca la luz del sol, y se encontraría de seguro feliz si pudiera corretear un poco por el prado.

La mujer deja caer el caldero en el pozo, se pone las manos a la cintura y dice:

- Pero vosotos, pobres frailes, ¿qué vais a saber de animales? Si yo lo dejase libre,¡el conejo se escaparía!

- Yo te prometo -dice san Francisco con mucha cortesía- que no escapará.

- Tengo verdadera curiosidad de probar -dice la mujer moviendo la cabeza-. Pero, si el conejo escapa, partiréis con el hacha aquella pila de lena.

- Está bien -dice san Francisco sonriendo-. Fray León, vete a coger el conejo.

El fraile corre en seguida a la cuadra y vuelve trayendo el conejo por las orejas.

- Despacio, despacio -dice san Francisco-. Dámelo a mí. El santo sostiene en sus brazos al animalito asustado y tembloroso. Lo acaricia largamente, y luego con delicadeza lo posa sobre la hierba al borde del prado.

El conejito había nacido en la cuadra y allí había crecido. Nunca había visto un prado. Olisqueaba la hierba, frota en ella el morrito y luego, dando un gran salto, echa a correr.

La mujer grita:

- ¡Ya ha escapado! ¿No os lo había dicho yo? ¡Adiós mi conejo!

Pero el conejito, después de haber corrido por todo el prado a lo largo y ancho, vuelve a trás y se acurruca jadeante y feliz a los pies de san Francisco.

La labradora no acaba de hacerse cruces, y san Francisco dice:

- Yo te pido, oh mujer, que dejes todos los días al hermano conejo correr un poco por el prado.

La labradora con un tono muy humilde dice:

- ¡Te lo prometo, te lo prometo!

- Y ahora -dice san Francisco a fray León-, antes de marchar, armémonos de hacha y partamos la leña de esta buena mujer.





Gracias a Jaime Urzúa
jurzua@lucas.elo.utfsm.cl